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Descripcion
—Ted, hijo mío… —Sí, mamó, sí —sonrió Ted cariñosamente—. Esta vez lo haré. —Comprende, hijo… —Tú sabes lo ocupado que estoy —dijo Ted levantándose—. Apenas si tengo tiempo para dedicarme a mi placer favorito, la caza. La presidencia de la compañía, mamá, ocupa casi todo mi tiempo. Tú sabes que soy, como el que dice, un aprendiz en este trabajo que me encomendó papá antes de morir. —Llevas tres años con ellos, Ted y todos aseguran que eres un presidente magnífico. Ted sonrió, se aproximó a la dama y le palmeó cariñosamente la mejilla. —Me adoras —dijo— y ello te obliga a creer de mi lo que no existe. De todos modos, estoy satisfecho de mí mismo. Al menos hago lo posible por imitar a mi padre. —Gracias, Ted. —No me las des —pidió gravemente—. No hago más que cumplir con mi deber. Desde muy niño, papá me inculcó el sentido del deber. —Se sentó frente a su madre y asió las dos manos femeninas—. Aún recuerdo, y creo que lo recordaré siempre, sus consejos. Era yo, como el que dice, una criatura. Me llevaba al despacho con él, me sentaba frente a su escritorio, y mirándome fijamente me decía: «Ted, has de ser abogado. Y una vez termines tu carrera, yo me retiraré y tú te sentarás aquí». —Ted hizo una mueca. Quedó pensativo ante la dama. De pronto alzó el varonil rostro de facciones acusadas y añadió—: Después papá sonreía, me contemplaba un instante con orgullo y proseguía: «Escucha, Ted. Nosotros no necesitamos de esta compañía para vivir. Pero de nosotros dependen cientos de personas, y para ellas hemos de trabajar. Es nuestro deber, ¿sabes? Todos venimos a este mundo con una obligación y hemos de cumplir ésta lo más dignamente posible». —Sonrió—. Así fui criado, mamá. Y así terminé la carrera, y así me senté en la presidencia de nuestra gran compañía petrolífera.
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