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La Ley de Onk Peter Kapra

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Descripcion


Arthur Bregg tenía motivos para sentirse aplastado, hundido, acabado. El veredicto de su amigo, el doctor Vasili, era inapelable: — No sé lo que tienes, pero has de morir. Él tampoco sabía lo que tenía, no lo sabía nadie. Conducía su coche distraído. La carretera era ancha y estaba despejada, cosa rara, como si ya estuviese viajando por los esotéricos caminos de la eternidad. Los faros barrían el asfalto. La noche era fría, casi gélida. Iba a morir. Vasili no podía equivocarse. Le había sometido a toda clase de pruebas encefaloscópicas. El neurógrafo era infalible. Su mal radicaba en el cerebro. Le había puesto un casco especial, provisto de «dedos» catódicos. Le sondeó durante diez horas seguidas, sin descanso, eficazmente. Luego le sometió a radiaciones iónicas, tipo «Swing». Al fin, decidió operarle. Por esto llevaba Arthur la señal lívida aún en la frente. Le anestesió y le extrajo el cerebelo, dejándole durante dos horas con la cabeza vacía. Vasili era de los pocos hombres capaces de realizar una operación semejante.

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