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Descripcion
Estaba empezando a anochecer. El cielo perdía el brillo azul del pleno día para adquirir un tinte grisáceo que se acentuaba por minutos en Oriente, mientras en la parte contraria, la rosa de fuego del sol se hundía en la comba de la tierra, entre cendales inflamados de fuego y el oro sangriento de sus rayos al quebrarse casi horizontalmente sobre las estribaciones de los montes Sabsaroka, encendía el roquedal allí donde la lujuria de la vegetación o los bosques trepadores no oponían su tupida masa de verdura, la nota ocre de los troncos o el abigarramiento de las ramas cuajadas de hojas al entrelazarse entre sí. Desmontado junto a su caballo, Karr Hewitt contemplaba como fascinado aquella gloriosa puesta de sol. Poco amigo de la naturaleza y más entregado a la dureza de su vida inquieta que a la mansedumbre de los paisajes solitarios, pocas veces se había detenido a contemplar los fenómenos naturales que le servían de marco. Para él, el paisaje sólo tenía dos finalidades definidas: las sendas, peor o mejor abiertas, para galopar lo posible y la sierra y los bosques para refugiarse y burlar cualquier persecución poco grata.
Opiniones El usurpador Fidel Prado