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Descripcion
El jinete desmontó un poco indolentemente dejando las bridas sobre el cuello del animal, mientras quitándose el sombrero, que sacudió sobre la rodilla derecha, asustó al caballo, que se alejó unas yardas para ponerse a pastar en el acto.
Las altas botas del jinete estaban como el resto del cuerpo, cubiertas de polvo de distintas tonalidades, indicio de haber caminado muchas millas por carreteras y caminos, montañas y valles de distinta formación geológica. Con el pañuelo anudado al cuello, después de dejado el sobrero arrugado displicentemente sobre la cabeza, sacudió las botas, el pantalón, la camisa… teniendo que alejarse con rapidez del lugar en que se sacudía para no recibir de nuevo todo el polvo, que como nube policroma le rodeaba a cada sacudida.
Desde la roca en que al fin se sentó veía a muchos pies de profundidad un poblado en el que entraría buscando algo de beber para su garganta reseca y una cama blanda de la que tenía noticias de su existencia solamente por referencias desde hacía varios meses.
Miró después hacia su caballo y le vio tan entusiasmado con el hermoso pasto que tenía sin limitación a su antojo, que no se atrevió a continuar el viaje. Más por estar muy cansado desató la manta que llevaba en la silla y se echó con ánimo de descansar un poco, pero despertó tantas horas más tarde que habíase hecho de noche y veía al fondo el tenue parpadeo de algunas lucecitas como fuegos fatuos.
Opiniones El rancho del gran cañón Marcial Lafuente Estefanía