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Dean no me visitaba con frecuencia. En los cinco años que yo llevaba casada, apenas si Dean pasó por nuestro chalecito más allá de diez o doce veces. A decir verdad, el primer año, después que Gary y yo nos casamos, Dean, mi hermano, vino por nuestra casa la noche de Navidad y a los diez meses, cuando nació Doris. Ni otro día más. Dean es un muchacho estupendo, pero muy independiente. Tiene veintisiete años, está soltero y no parece dispuesto a echarse novia. Nadie se mete con él, y él jamás se mete con nadie. Por eso me extraña tanto que en este último mes, Dean se deje caer por mi hogar un día sí y otro no.. También mamá viene de vez en cuando, más de vez en cuando que nunca. Y papá. Papá, que es enemigo de hacer visitas, que siempre anda por los muelles de Rochefort, o en el club con sus amigos, o en su imponente oficina de ingeniero naval. Y, sin embargo, esta temporada pasa por mi casa con frecuencia. Es raro en ellos. Cuando me casé, nadie estuvo de acuerdo. Ni mi familia, ni la de Gary. Todos se opusieron a nuestra boda, aduciendo nuestra juventud. Yo tenía veinte años y Gary veintisiete. A decir verdad, Gary ya no era un niño y había terminado su carrera de abogado. No era una carrera muy brillante y según ellos aducían carecía de porvenir.. Pero nosotros, con nuestra madurez, demostramos lo contrario. Gary se impuso, yo creo hacerlo feliz. Nacieron dos hijos, Doris de cuatro años actualmente y Marcel de tres. Cuando Dean viene a casa y se sienta junto a la chimenea, si es invierno, y en la terraza, si es verano, me mira, mira a los niños que juegan en el jardín, y dice invariablemente: «No tendrás más, ¿verdad?»
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