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Batidores y cuatreros Fidel Prado

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Descripcion


Un jinete a galope desbocado enfocó la senda que se internaba a modo de calle por el poblado de Minera, a no muchas millas de la divisoria de Méjico. El jinete, joven, cetrino, de ojos negros y brillantes, labios abultados, piel tostada y bigote negro recortado, acusaba en sus rasgos su origen mejicano. Si algo le faltaba para denunciar su raza bastaba echar un vistazo a su bolero de terciopelo negro con botones de plata, su pantalón acampanado por el remate de las perneras y sombrero de paja picudo y de ala grande y redonda, con los ribetes vueltos, para comprender que no llevaba en sus venas una sola gota, de sangre americana. Al enfocar la calzada emitió un alarido vibrante y modulado; su vibración alcanzó el poblado de punta a punta y en las chozas de moreno adobe, de un solo piso, que componían el poblado se produjo un revuelo terrible. Era la hora del mediodía, un mediodía caluroso, de sol abrasador; el cielo era de un azul índigo fulgurante y el astro rey abrasaba el polvo diluido de la calzada y quemaba el adobe, transpirando hacia el interior de las casas el calor asfixiante que reinaba fuera. Por ser la hora del mediodía los habitantes del poblado se hallaban sentados a la mesa dispuestos a devorar sus tortillas de fríjoles, los pedazos de torta morena y apurar la amarga tequila. Aquel grito del jinete que avanzaba fue como la campana de la iglesia tocando a rebato para anunciar un incendio.

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Un jinete a galope desbocado enfocó la senda que se internaba a modo de calle por el poblado de Minera, a no muchas millas de la divisoria de Méjico
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