Un veinticinco de septiembre Ana María Martínez de la Riva Molina

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    Un veinticinco de septiembre Ana María Martínez de la Riva Molina

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    Todo comenzó un veinticinco de Septiembre, estaba jugando en el parque con mi hermana gemela

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Todo comenzó un veinticinco de Septiembre, estaba jugando en el parque con mi hermana gemela. Por aquel entonces contábamos con cuatro años y nos lo pasábamos genial montando en los columpios a ver quién llegaba más alto hasta alcanzar las nubes en el cielo. Nos reíamos sin parar de lo felices que éramos. Mi madre nos sonreía y nos daba más y más fuerte impulso y nosotras chillábamos entusiasmadas. Correteábamos incansablemente alrededor de mamá y ella nos alzaba en brazos dando vueltas sin parar. La queríamos tanto, era tan maravillosa y buena que nos hacía sentir en el paraíso. Por desgracia nunca conocimos a nuestro padre nada más que en fotografías, él fue piloto de aviación de las fuerzas armadas de América. Siempre mirábamos el cuadro que teníamos en nuestro dormitorio antes de dormirnos y soñábamos con él en que nos llevaba muy lejos en su avioneta hasta alcanzar las estrellas y hacía giros y giros hasta hacernos enloquecer. Le queríamos a través de los relatos y anécdotas que nuestra bella, inteligente y magnífica madre nos contaba sobre él y el amor tan puro que nos tenía a nosotras y a ella. Pudo disfrutar muy poco de nuestra compañía porque desapareció de nuestras vidas antes de cumplir el primer año de vida. Nosotras nos parecíamos a él en todo, siempre nos lo decía Catherine nuestra madre, éramos muy osadas, valientes y temerarias y deseábamos también volar por el cielo y sentir la emoción de la velocidad surcando el aire a través de las nubes.Mi hermana mayor que yo por diez minutos me miraba con sonrisa de picarona con sus ojos cristalinos color topacio con largas pestañas negras al igual que sus finas cejas y cabello liso muy largo recogido en una cola de caballo. Su piel tan blanca con la naricita respingona, sus labios gruesos muy rojos, su barbilla redondeada con un hoyuelo en ella dándole un aspecto de simpatía. Y la carita en forma de corazón proporcionándola una dulzura e inocencia que cualquier persona desearía cuidarla y protegerla. Claro yo era idéntica en todo a ella incluso usábamos la misma talla de ropa y calzado. Nadie era capaz de distinguirnos menos nuestra madre. Ella era la única que sabía quienes éramos en cada momento aunque vistiéramos de igual manera y jamás se equivocaba al hablarnos. Todavía no lo he dicho pero mi nombre es Amanda, me llamaron igual que a mi abuela por parte de madre.

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