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El átomo juega su baza S. D. Haltes-Falmor

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Descripcion


Los antitanquesoccidentales empezaron a funcionar. Cañones sin pólvora, disparados desde lejospor medio de un pulsador que ponía en acción la carga atómica, lanzando el proyectila tremenda velocidad y casi sin ruido. Algunos de los monstruos de acerosufrieron los efectos de los proyectiles y quedaron convertidos en chatarra;los demás siguieron avanzando, mientras los cañones de sus torretas disparabansin cesar. La escena, sobre la granpantalla de televisión, hubiese parecido a un espectador de mediados del sigloXX una magnífica película en color bien logrado y en excelente relieve sinnecesidad de las incómodas gafas. Cuando los proyectiles disparados por lostanques avanzaban silbantes hacia el espectador, muchos hubiesen agachado lacabeza, temerosos, a causa de la tremenda sensación de realidad. Y realidad era, enefecto, lo que se proyectaba sobre la pantalla; acuella batalla se libraba deverdad en Europa, y no decimos “la lejana Europa” porque gracias a losadelantos de la aviación, que había desechado ya los motores de reacción poranticuados y lentos y se movía exclusivamente por medio de la energía atómica,el Viejo Continente se hallaba escasamente a dos horas de vuelo de América.

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