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Descripcion
EL hombre trató de defenderse. No pudo. Aquella red sombría, como hecha con jirones de tinieblas viscosas, cayó sobre él de la misma nada. Le envolvió en instantes, pese al forcejeo de sus vigorosos músculos. La red parecía tener vida propia. Era como un extraño monstruo entrelazado, sinuoso y sutil, que al contacto con la sudorosa piel humana, empezara a contraerse y espesarse, adherido al cuerpo que pugnaba en vano contra aquella amenaza caída del vacío nocturno. Las estrellas, lejanas y frías, eran mudos testigos del hecho. Un cielo de un azul oscuro, surcado de franjas irisadas de opalescentes colores, aparecía tachonado de astros variantes, de asteroides y cercos de gas luminiscente. Hasta un total de tres lunas pálidas, amarillentas, brillaban tristemente en la noche. El hombre y la red rodaron por el suelo pedregoso del negro páramo, en sorda lucha que hubiera parecido grotesca y sin sentido a un testigo que no fuesen aquellos cuerpos celestes brillando en la bóveda cósmica. Porque absurdo era pelear contra lo imposible, aunque esto tuviera la apariencia inanimada y abstracta de una simple tela de araña hecha de tinieblas vivientes. Aquellos sutiles miembros como hilos pegajosos se cerraban ya totalmente en torno a su presa. Los jadeos de ésta, la hinchazón de sus músculos, la furia de su rostro contraído bajo la cabellera revuelta, hablaban ya bien a las claras del fracaso del luchador por recuperar su libertad.
Opiniones Diosa de mundos perdidos Donald Curtis