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Anatema Lissa D’Angelo

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Dejé a Yania continuar con su lectura de Ocaso y rodé los ojos, sobre todo cuando retomó el parloteo de lo sexy que sería tener los colmillos del vampiro atravesando su cuello. Yo había estado ahí y no había nada de sexy en que te mordieran, sobre todo en el cuello. Dolía como la mierda y ni siquiera te volvías súper fuerte. No importaba lo comestible que se vieran en la pantalla, los vampiros no eran más que un dolor en el trasero. Y en el mío, un dolor constante. Pensé en Becca, en todas las noches que madrugué leyendo sus puntos de vista, sus teorías e ilusiones. Recordé el problema que le suponía elegir, y, sin darme cuenta, me encontré parodiando sus textos. Estaba convencida de tres cosas: Primero; solía amar a los vampiros: Edgard, Stefano, Daemon, etc. A decir verdad, todo lo que tuviera colmillos y ojos claros. Segundo; una noche algo sorprendente sucedió. Seamos honestos, fue algo horrible. Y tercero; los mordiscos son dulces. ¡Claro!, tanto como puede serlo una motosierra en tu cuello. Mi nombre es Micaela Palacios y esta es la historia de cómo un vampiro se comió mi corazón. Literalmente.

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